La mochila de Emiliano
Cuando
Emiliano llegó al plantel tenía apenas dieciséis años, era de esos jóvenes que
parecían estar siempre buscando problemas. Hablaba fuerte, desafiaba las
reglas, se involucraba en conflictos y, cuando las consecuencias aparecían,
encontraba la manera de esconderse detrás de otros compañeros. Muchos lo veían
como un alumno rebelde, yo también lo pensé al principio.
Lo que pocos sabían era que, años atrás,
había perdido a su madre.
A
veces creemos que el tiempo cura todas las heridas, pero hay dolores que
aprenden a esconderse sin desaparecer. Emiliano tenía apenas catorce años
cuando ella murió. Sus hermanas y otros familiares hicieron lo posible por
acompañarlo, pero nadie puede ocupar exactamente el lugar de una madre.
Todos esperaban algo de él.
Que se portara bien.
Que fuera responsable.
Que aprovechar las oportunidades.
Pero pocas
personas parecían preguntarse cómo estaba enfrentando aquella ausencia.
Durante
los primeros semestres fue imposible no notar su presencia. Siempre había una
queja, una travesura o algún conflicto en el que, de una u otra forma,
terminaba involucrado, con el paso del tiempo algo cambió.
Las
llamadas de atención disminuyeron, los reportes se hicieron menos frecuentes, y
Emiliano comenzó a desaparecer a plena vista. Se volvió más callado, más
reservado, más distante.
Cuando le
preguntaba cómo estaba, respondía con la misma frase de siempre:
Todo bien.
Y como ya no
había problemas importantes que atender, seguíamos adelante.
Hace unos días
ocurrió algo que me hizo detenerme.
Un
olor muy fuerte invadía el salón. Después de hablar con él, reconoció que
provenía de su mochila. Me explicó que la había llevado durante varios días a
un campo donde se reunía con algunas personas.
No
conozco toda la historia detrás de esas amistades. Tampoco sé hasta dónde han
llegado ciertas decisiones que hoy comienzan a preocuparme.
Lo
que sí sé es que detrás de ese joven existe una tristeza que nunca terminó de
encontrar palabras.
Hace
poco obtuvo uno de los mejores resultados académicos de su generación para
ingresar a la universidad. Alcanzó el segundo lugar entre quienes podían
continuar sus estudios.
Pensé que estaría orgulloso.
Pensé que hablaría de planes.
Pensé que tendría sueños.
Pero cuando le
pregunté qué seguía para él, respondió con una serenidad que me dejó pensando:
No voy a estudiar. Necesito dinero.
Intenté
hablarle de oportunidades, de posibilidades, del futuro, pero tuve la impresión
de que hacía tiempo había dejado de imaginarlo.
Aquella conversación me acompañó durante
varios días.
A
veces creemos que conocemos a nuestros adolescentes porque vemos sus
calificaciones, sus conductas o sus errores. Sin embargo, hay historias que
permanecen ocultas detrás de una sonrisa, de una broma o incluso de una
aparente indiferencia.
Emiliano
me recordó que algunos jóvenes no cargan únicamente libros, tareas o exámenes. Cargan
ausencias, cargan preguntas que nunca encontraron respuesta, cargan dolores que
aprendieron a ocultar para poder seguir adelante.
Y
entonces comprendí que el problema nunca estuvo en aquella mochila que despedía
un olor extraño.
La mochila que realmente preocupaba era
otra.
Era la que llevaba sobre los hombros
desde hacía años.
Una mochila
invisible, llena de pérdidas, silencios y soledades que ningún adolescente
debería cargar por sí solo.
Porque hay mochilas que guardan
cuadernos.
Y hay otras que guardan tristezas que
pesan mucho más.

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